ARTE POÉTICA

Manuel Ordáz en su poesía

Rafael Rattia

No porque sea excesivamente obvio se debe dejar de subrayar: la poesía de este escritor monaguense está indefectiblemente impregnada de una intensísima coloratura que tal vez se explique por la supeditación del poeta al sagrado oficio de crear mundos exhaustivos y rigurosos de la nada.
Cuando el lector se interna en las enigmáticas páginas de este último libro de Ordáz, titulado de modo asaz sugerente “Entre líneas” está absolutamente seguro –desde la primera página de este hermosísimo libro- que en lo adelante lo que le aguarda es el hechizo que no da tregua; la maravilla de la imaginación asediante. El escritor sabe que tiene “algo fundamental y decisivo que decirle al lector” y de esa certeza se vale para hostigar la conciencia del lector.

Por Freud y Jung sabemos que el poema también es una forma de viaje a través de la imaginación. Ordáz tiene plena conciencia de ello y hace del poema una jubilosa festividad del más alborozado onirismo concienzudo de la palabra.
¿Por obra de qué extraño proceso alquímico este poeta se inserta en la fastuosa e indetenible corriente lingüística de la mejor tradición poética de nuestro Estado? Que grande satisfacción nos proporciona cerciorarnos que Manuel Ordáz pertenece a la límpida e inmaculada estirpe de la mejor tradición literaria monaguense. Como los antiguos magos alquimistas que trocaban insólitas aleaciones en el más puro oro, este excelente bardo monaguense logra, gracias a su inmarcesible liturgia verbal/poética, transformar la melancolía y la biológica tristeza en fiesta del espíritu y de la sensibilidad estética. El lector encontrará en este libro de Ordáz una voluntad iluminadora e iluminista del poema; las zonas más oscuras y abyectas del alma de la especie humana adquieren una diáfana claridad en el poema que postula el escritor gracias al prístino dominio del lenguaje lírico que exhibe el poeta.
¿Quién es ese ser anónimo e indescriptible que oficia de “maja impúdica” y que habita el poema en este libro? La musicalidad del texto poético es un camino escogido por el vate para acceder al paradisíaco éxtasis cuasi-místico de la comunión con su complemento humano.
Si bien las ideas no tienen un color específico, no es menos cierto que el verso lírico en Ordáz es instancia verbal que posibilita la “muerte súbita” y posterior resurrección del ser en su contradictoria coincidencia. Los cuerpos vehementes ostentan un lenguaje plástico de inusual calidad estética en todo el libro propuesto por el poeta. La ardiente pasión se atenúa por el magnífico manejo de recursos expresivos de indudable naturaleza erótica
“Vuelvo desangrado al génesis
primigenio
al perfecto centro de la fruta
original” (p.9)

El lector accede a extraordinarios estados beatíficos cuando ingresa a los sorprendentes territorios poéticos contenidos en este poemario de Ordáz.
Elementos de raigambre mítica concurren en la elaboración de esta materia verbal.
Una cierta impronta de inocultable filiación cortazariana se deja aprehender por la conciencia del lector. Imágenes de estirpe buñuelescas (Luis Buñuel) se conjugan magistralmente con íconos de la mitología griega. El escritor atesora una vasta cultura que no puede ocultar en su poesía y eso, obviamente, es digno de celebración.
El hastío, el tedio y el aburrimiento son aspectos esenciales de un poetizar que metamorfosea las hostiles vivencias del poeta para domeñar las pulsiones tanáticas a través de la palabra escrita.
El poema en Manuel Ordáz se atisba en el horizonte intuitivo de la conciencia sensible, primero en un singular estado larvario, y luego como un sui generis anhelo “ávido de libertad” –en palabras del escriba-.
Un terrible aliento de derrotado insurge de los entresijos del verso aquilatado fraguado por Ordáz y recrimina la constitutiva cobardía de la naturaleza humana:
“Nos hicimos cobardes
a conciencia
asistimos al sepelio
de nuestra verdad” (p.19)
En esta poesía sobra lo que quería Federico García Lorca para el poema: Duende. Hay un no sé qué en los poemas de este creador que no deja en paz al lector hasta que éste culmina la última página.
La soledad, la memoria herida de recuerdos, la transhumancia o nomadismo urbano, el desamparo del ser, la incertidumbre de ser tan solo un solitario marcan huellas distintivas en este libro que viene a contribuir al necesario enriquecimiento del panorama poético de nuestro Estado y eso, menester es decirlo a viva voz, es bastante en tiempos de sequía literaria como el que vivimos.

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